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这场公开 PicWar 对战由Edwin Mercer对阵Hisui,最终胜者是Edwin Mercer。
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Story
En el crepúsculo de los tiempos, donde los límites de la realidad se deshilachan como pergamino viejo bajo una llama voraz, se abrió una brecha en el firmamento. No fue un estruendo de truenos, sino un susurro grave, el lamento de dos mundos que se negaban a coexistir. De un lado, el hedor a ozono, gasolina y acero oxidado de una metrópolis moribunda; del otro, el aroma dulce y antiguo de pinos milenarios y rocío matutino. En este limbo, en esta arena de destinos cruzados, dos campeones fueron invocados por fuerzas que los mortales apenas pueden nombrar.
Primero descendió la sombra. Sobre la cornisa de un rascacielos fantasma, agachado como una gárgola pronta para el salto, se materializó **Edwin Mercer**. No era un hombre, ni del todo un ángel. Era una quimera de la era moderna, una encarnación de la corrupción urbana y el poder desatado. Su rostro, parcialmente oculto por una capucha gris, revelaba una mirada de frialdad absoluta, ojos que habían visto el fin de la humanidad y no habían parpadeado. De su espalda brotaban alas monumentales, no de plumas blancas, sino de una sustancia negra y vítrea, surcadas por venas de magma rojo que latían al ritmo de un corazón oscuro. Vestía una chaqueta de cuero desgastada, pantalones oscuros y botas pesadas, la armadura de un depredador que caza en la jungla de concreto. Su presencia era una presión física, un vacío que succionaba la luz a su alrededor.
Frente a él, el aire se arremolinó en un remolino de pétalos y hojas. De la bruma esmeralda emergió **Hisui**. Si Edwin era la noche de la ciudad, ella era el amanecer del bosque. Envuelta en túnicas de seda verde y marrón, adornadas con hojas vivas que parecían cosidas por la propia naturaleza, caminaba con una gracia etérea. En sus manos sostenía dos abanicos: uno azul como el cielo de verano, otro blanco como la nieve de las cumbres. A su alrededor, la realidad se curaba; ciervos espectrales y mariposas de luz bailaban en su estela, manifestaciones de un espíritu antiguo que protege el equilibrio. No había miedo en su rostro, solo una tristeza serena, la de una madre que ve llegar la tormenta a la puerta de sus hijos.
El silencio que precedió a la batalla fue más pesado que el hierro.
Edwin fue el primero en romper la quietud. Con un rugido que sonó como el frenazo de un tren, se lanzó desde la cornisa. Sus alas negras batieron una vez, impulsándolo con una velocidad que desdibujó su forma. No volaba como un pájaro, sino que se disparaba como un misil de carne y sombra. Cayó sobre Hisui con las garras extendidas, sus manos transformadas en hojas afiladas de biomasa oscura.
—La ciudad consume todo —pareció gruñir el aire a su paso.
Hisui no se inmutó. Con un movimiento fluido de su abanico azul, invocó el aliento de los vientos ancestrales. Una pared de aire comprimido, visible como una distorsión en el calor, chocó contra el descenso de Edwin. El impacto resonó como un campanazo en una catedral vacía. Edwin fue desviado, aterrizando con una fuerza que agrietó el suelo de piedra bajo sus botas, levantando una nube de polvo y escombros.
—La naturaleza perdura —respondió el susurro de Hisui, su voz amplificada por el viento.
La batalla se desató en un danza de opuestos. Edwin se movía con una agresividad visceral. Era un luchador de calle, brutal y directo. Se abalanzó nuevamente, esta vez usando sus alas no para volar, sino como látigos. Las puntas de sus alas, afiladas como obsidiana, barrieron el área donde estaba Hisui. Ella flotó hacia atrás, impulsada por una ráfaga de su abanico blanco, esquivando por milímetros el corte que habría partido un roble en dos.
Edwin, frustrado por la evasividad de su oponente, cambió de táctica. El magma en sus alas brilló con mayor intensidad. De sus extremidades comenzaron a brotar tentáculos de sombra, extensiones de su propia voluntad. Lanzó una lluvia de proyectiles oscuros, espinas de energía corrupta que silbaban en el aire.
Hisui cerró los ojos. Los ciervos espectrales a su lado relincharon y cargaron. No eran carne, eran pura energía vital. Se interpusieron entre los proyectiles y la druida, disolviéndose en luz dorada al impactar, neutralizando la corrupción de Edwin. Pero cada impacto debilitaba la barrera espiritual. El bosque que emanaba de ella comenzaba a marchitarse en los bordes, las hojas de su ropa volviéndose grises.
—Tu luz es débil ante mi hambre —tronó Edwin. Se impulsó del suelo, creando un cráter, y se lanzó en un picado vertical. Esta vez, no usó garras. Abrió la boca y una onda de choque negra, un grito de la ciudad agonizante, salió de él.
Hisui levantó ambos abanicos. —¡Viento de los Mil Árboles!
Un tornado verde se formó alrededor de ella. El choque de la onda oscura contra el tornado verde iluminó el campo de batalla como un sol supernova. La fuerza del viento levantó a Edwin en el aire, girándolo como una hoja seca. Pero el mercader de la muerte no era tan fácil de detener. En pleno giro, clavó sus alas en el viento mismo, anclándose. La energía roja de sus alas quemó el aire, corrompiendo el tornado de Hisui, tornando el viento verde en un humo negro y tóxico.
Edwin cayó como un meteorito justo frente a ella. Antes de que Hisui pudiera reaccionar, Edwin la golpeó. No fue un golpe mágico, fue un puñetazo brutal, cargado con el peso de un edificio derrumbado. Hisui salió despedida hacia atrás, chocando contra el tronco de un árbol fantasma. Los ciervos a su lado desaparecieron con un chillido de dolor.
La druida se incorporó con dificultad. Sangre, roja y brillante como la savia, manaba de su labio. Edwin se acercó lentamente, sus alas goteando una sustancia negra que quemaba el suelo.
—Este es el orden natural ahora —dijo Edwin, su voz grave resonando en el pecho de Hisui—. Lo viejo debe ceder ante lo nuevo. Lo puro debe ser consumido por lo real.
Hisui se enderezó. A pesar del dolor, su postura era inquebrantable. Clavó sus abanicos en el suelo. La tierra tembló. No era un temblor de destrucción, sino de nacimiento. Raíces gigantes, gruesas como torres, brotaron del suelo, intentando atrapar a Edwin.
El hombre de las alas negras rugió. Sus manos se transformaron en mazas gigantescas de masa muscular densificada. Golpeó las raíces, destrozándolas en astillas. Pero por cada raíz que rompía, dos más nacían. Hisui estaba canalizando toda la energía del bosque hacia ese punto.
Edwin comprendió que no podía ganar por fuerza bruta si el suelo mismo luchaba contra él. Decidió consumir la fuente. Corrió hacia Hisui, ignorando las espinas de madera que perforaban su chaqueta y su piel. Su cuerpo absorbía la madera, convirtiéndola en energía para sus propias alas. Las venas rojas brillaron cegadoramente.
Llegó hasta ella. Hisui intentó levantar un abanico para un corte final de viento, pero Edwin fue más rápido. La agarró por el cuello. No la estranguló de inmediato; la levantó del suelo, mostrándole la devastación que había traído. El bosque alrededor de ellos estaba muerto, cubierto de una costra negra.
—Tu bosque ha caído. Tu espíritu es mío.
Con un movimiento seco, Edwin impulsó su otra mano, transformada en una hoja afilada, a través del pecho de Hisui. No hubo grito, solo un suspiro de viento que se apaga. La luz en los ojos de Hisui se desvaneció, y su cuerpo comenzó a deshacerse en pétalos y polvo, llevados por una brisa final y triste.
Edwin la dejó caer. Se quedó de pie sobre el campo de batalla silencioso, sus alas negras extendidas hacia el cielo gris, victorioso. La corrupción había triunfado sobre la pureza, la ciudad sobre el bosque. En este mundo de invocación, solo había espacio para el depredador supremo.
El vencedor se agachó nuevamente sobre la cornisa imaginaria que quedaba en su mente, esperando a la siguiente presa, mientras la lluvia ácida comenzaba a caer sobre los restos del jardín sagrado.
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